BLUE JASMINE, los ricos también lloran.

Un autor como Woody Allen que acostumbra a sacar una película por año acaba apagándose irremediablemente por puro exceso y repetición. Y no lo neguemos, últimamente Allen da más de cal que de arena distando mucho de aquel granuja de medio pelo que nos asombraba con Annie Hall o Misterioso asesinato en Manhattan, pese a aciertos puntuales como Match Point o Medianoche en Paris. Blue Jasmine no solo pertenece a ese conjunto de aciertos, sino que se convierte en su guión más seguro de sí mismo y mordaz de los últimos 12, incluso más, años.

blue-jasmine-2013-001-jasmine-with-bitter-cocktailSería injusto no comenzar el comentario citando a Cate Blanchett. La australiana se come la pantalla, hace suyo un papel que otras hubiesen sobreinterpretado o dotado de excesivo dramatismo. En cambio ella otorga naturalidad al fracaso al que se ve abocada la pomposa protagonista, y deja que el resto de intérpretes orbiten alrededor de ella. Alejándose de la tentación melodramática en las escenas, valga la redundancia, dramáticas, y de la sobreactuación en lo momentos de delirio, está simplemente impresionante. Va a ser difícil no tenerla en cuenta en los grandes premios de este año.

En cuanto al tratamiento de la moral vacía de las clases sociales americanas, Allen goza de su elegante cinismo más inspirado, y sabe conducir una historia en la que chocan ricos y pobres pero que inevitablemente tienen que aprender a convivir. No duda a la hora de lanzar pullitas a unos y a otros sirviéndose de la inadaptación de Jasmine a su nueva situación de ruina después de haber gozado de una vida lujosa y excesiva a la que no sabrá regresar a no ser que sea a través de un nuevo marido multimillonario.

Pese a cómo lleva acostumbrando a hacer en sus últimos trabajos, el más famoso neoyorquino judío con gafas de pasta nos evita hacer un recorrido turístico por la ciudad sonde sucede su película, esta vez San Francisco, en, sin embargo, su peblue-jasmine-2lícula más turística en el sentido de servirse de dos ciudades para caricaturizar a las personas que resultan ser sus personajes, y en este sentido de enmarcar su cuadro no cambia su tradicional fórmula de puesta en escena, jazz y blues incluídos. A estas alturas no está el hombre como para innovar técnicamente, ni falta que le hace.

En conclusión, una confrontación de ciudades, tradiciones, estados de ánimo y ámbitos sociales, bien llevada, sin extrañas pretensiones, con diálogos y algún monólogo inspirados y divertidos, más cerca de la comedia paródica que del drama de la ascensión y bajada social. E, insisto, con Cate Blanchett en estado de gracia.

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