MALDITOS BASTARDOS, érase una vez en la Francia ocupada.

La idea de alterar el rumbo de la Segunda Guerra Mundial parecía una locura. No nos engañemos: lo es. “Las reglas están para saltárselas” es la máxima a la que aspira constantemente el cine, una sine qua non de la que muchos cineastas parecen avergonzarse y que es reprochado por muchos cinéfilos, y con el que sin embargo Tarantino se siente como pez en el agua. Básicamente, eso es lo que el Enfant Terrible de Hollywood grita en este violento, desmedido, divertidísimo, caprichoso y habilidoso retorno a los altares del séptimo arte.

Malditos_bastardos-294544483-largeLo malo de Inglourious Basterds es la trampa comercial a la que nos vemos sometidos: el grupo de salvajes soldados americanos judíos liderados por Aldo Raine al que el título hace referencia apenas es parte de todo el protagonismo colectivo al que pertenece el coronel nazi Hans Landa, quien nos roba el corazón y el alma desde una primera secuencia monumental más propia de un western que de cine bélico, o la vengativa Shoshana, que toma un protagonismo mayor del que cabría esperarse, o el teniente Archie Hicox.

Superada esa mentira, la de entrar a la película creyendo que se trata de las macabras anécdotas de un grupo de soldados que se dedican a asesinar nazis, aplaudamos el resultado. Lejos de ser de los mejores guiones de Tarantino, la balanza se decanta a su favor en el terreno de la dirección, en la que se crece por momentos, se muestra seguro, se divierte, cree en sus actores, éstos le responden, dota de vida y profundidad a cada plano (es un lujo poder ver personajes de fondo y figurantes interactuando entre ellos con espontaneidad y sin artificios) y nos da una aguda y sorprendente distopía políglota del III Reich que nunca hubiésemos creído poder contemplar.

Sin duda, el gran descubrimiento es Christoph Waltz como Hans Landa, capaz de parlotear con fluidez en varios idiomas, de infundir miedo con una mirada, de hacer disfrutar al espectador de las más bárbaras locuras humanas (de nuevo, Tarantino haciendo cómplice al espectador de la violencia sin sentido). También destaca Mélanie Laurent como Shoshana, quien, como ya dije, se convierte en la protagonista inesperada de una función marcada por el colectivo. Un reparto en el que también están Michael Fassbender, Diane Kruger (que deja de ser mujer florero para sorprender a unos cuantos escépticos) o Daniel Brühl. ¿En qué lugar deja esto a los supuestos cabecillas, los bastardos? Pese al título, solo son una porción de una historia bélica en la que no hay guerra, ni trincheras, ni cuarteles, ni contundentes tiroteos, ni ninguna escena de acción destacable más allá del desfase final. Apenas vemos intervenir a los bastardos en su estado natural: cazando nazis. Porque es una historia de negociaciones, Malditos_bastardos-568228030-largeprácticamente nos dice que la Segunda Guerra Mundial se resolvió en los despachos. Y Brad Pitt, pese a su esfuerzo, pese a ser cabeza de cartel, carece de un papel lo suficientemente contundente como para ser el líder de la obra, y se queda en un mero actor de reparto que toma relevancia en las últimas escenas tras encontrarse definitivamente con Hans Landa.

El desparpajo narrativo y la vis cómica sustituyen por completo a la profundidad que pudieran tener los personajes y hacen pasar desapercibidos la gran cantidad de tiempos muertos que contiene. La música, prestada en su mayor parte a Ennio Morricone, que le sienta de maravilla, acompaña al póstumo y milimetrado montaje de Sally Menke con el realizador. Visualmente, irreprochable; un apartado en el que el director no terminaba de estabilizarse, por cierto.

¿Sobrevalorada? Sí. ¿Presuntuosa? Desde luego. ¿Auténtica? También. Malditos Bastardos se ve mejor en compañía, como actividad social, sin el embaucamiento de ser analizada que lleva el contemplarla a solas. No hay que ser quisquillosos con sus defectos ni adulador con sus logros. Ésta patada a la Historia está hecha para que disfrutemos de ella sin miramientos.

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