47 ronin, la leyenda del samurái: decepción es nombre de tango.

En el Japón feudal, la sociedad se ordenaba a partir del jefe supremo, el Shogun, emperador de todo el reino. Su palabra era la ley, su crueldad no conocía límites. Los distintos señores feudales organizaban el territorio delegando su seguridad en su ejército privado, constituido por samuráis, los cuales consagraban su vida al cuidado del noble. En el caso de que fallasen en su cometido, si su hidalgo era asesinado o caía en el deshonor, los samuráis se convertían en vagabundos, en mendigos despojados de su título, pasando a formar parte de lo más bajo de la sociedad japonesa, los ronin.

¡Por fin una peli de samuráis!, pensé cuando conocí el anuncio del rodaje de la película. Una buena dosis de espadazos y sangre, aderezada con una historia de guerreros y tipos peculiares cubiertos de tatuajes. Lo cierto es que este tipo de películas no se dan con frecuencia en las producciones occidentales, quizá por el hecho de que se trata de cintas, normalmente con gran trasfondo histórico que depende de la cultura asiática. Una cultura que puede no cuadrar en absoluto con los tiempos marcados en occidente (tengamos en cuenta, por ejemplo,  que la época feudal en Japón se extiende hasta el siglo IXX, momento del comienzo de la era Meiji).

Fanart de la película

Cartel promocional de la película. Muy bonito todo

El reparto está encabezado por el últimamente poco polifacético Keanu Reeves, siempre interpretando al héroe de pasado turbulento, torturado por las circunstancias y que enfrenta el destino en encarnizada lucha homérica. La dirección corre a cargo de Carl Risnch, un director bastante desconocido que cuenta con algunos cortos premiados en su haber. El conjunto del elenco está completado con muchas caras del cine asiático, como Hiroyuki Sanada, al que conocemos de películas como “Sunshine” de Danny Boyle, la fácilmente olvidable “Lobezno inmortal” o más recientemente, como científico del complejo donde se desarrolla la serie “Helix”.

Keanu, muchacho... Tas lucío

Keanu, muchacho… Tas lucío

La película adolece de mantener un impacto visual constante en el espectador, proporcionando grandiosos decorados y efectos que, más que representar el fasto del Japón feudal o las maravillas naturales de las islas, consiguen distraer la atención de la historia principal: la deshonra del señor que lleva a 47 ronin a buscar la venganza. La película se basa en el cuento tradicional japonés de los “47 samuráis”. Pero da la impresión de que solo hace eso: basarse en ello. A ratos cuenta con esa simpleza que se encuentra en los cuentos, para luego pasar a detallar situaciones bastante complejas, por ejemplo, la justificación de que Keanu Reeves es obviamente occidental en medio de la marabunta asiática es una larguísima explicación de su ascendencia infernal, pues fue engendrado por una casta diabólica de crueles guerreros en un bosque fantasmagórico. Suena bien, ¿verdad? Pues es una de las partes más desaprovechadas del film.

Épico encuentro entre guerreros. MEH

Épico encuentro entre guerreros. MEH

Por cierto, ¿recuerdan el tipo de los tatuajes del cartel?  Un enigmático personaje que podría presentar un hilo interesante para la película. Pero solo es algo para que el espectador pique y entre a la sala de cine. Su papel se reduce a una aparición de algo más de treinta segundos. Decepcionante.

Vales pa ná, bonico

Vales pa ná, bonico

Es una película que proporciona un espectáculo sencillo, con luchas a espadas y tramas simples de amor y odio entre los personajes. Un film para disfrutar de escenas de acción y gráficos generados por ordenador. Pero una completa decepción en cualquier otro aspecto artístico, salvando quizás la escena en la que envenenan al señor feudal.

Pero tú qué eres, gatito?

Pero tú qué eres, gatito?

Esta mala imitación de una película de samuráis no contentará a ningún amante del género que espere una obra de calidad tal como “13 asesinos” de Takeshi Miike, “Ninja Scroll” de Yoshiaki Kawajiri, “Shogun assasin” de Robert Houston (AKA “Lone wolf and Cub”)  o la inmortal obra de Akira Kurosawa, “Los siete samuráis”. Si usted encuentra que conoce la mayor parte de estos títulos, no lo dude: no se gaste el dinero.

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